Después de la Revolución Mexicana, la construcción del Estado nacional durante el periodo del presidente Lázaro Cárdenas enfrentó, entre otras tantas asignaturas, la dificultad de unificar al país, dividido en diversas regiones e intereses económicos, culturales y políticos, lo que polarizaba e impedía su cimentación.

Las tensiones entre el poder central y los regionales fueron el tema que abordó el sociólogo e historiador Carlos Martínez Assad, investigador emérito del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS) de la UNAM, en su participación en el XV Diplomado de Historia de los Siglo XX y XXI mexicanos. Crisis e historia, miradas múltiples, que lleva acabo el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), a través de su Dirección de Estudios Históricos (DEH).

La presentación de Martínez Assad forma parte del Módulo III: Siglo XX. La revolución y el surgimiento de un nuevo proyecto de nación: de la Revolución al Cardenismo, que se puede seguir por el canal INAH TV en YouTube, como parte de la campaña “Contigo en la distancia” de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, al igual que el programa completo de este diplomado.

En su intervención de este miércoles, el historiador comentó que varios regímenes han coincidido en la centralización política, con la idea de mantener un país integrado y pacificado, consigna del gobierno de Porfirio Díaz, por la que puso en práctica mecanismos que le permitieron ejercer, con cierto éxito, un fuerte centralismo que el estallido de la Revolución Mexicana desarticuló.

“Díaz aprovechó a personajes políticos del interior del país, cuyas familias se heredaban el poder para crear eslabones que daban juego a la cadena que él sostenía en el centro”. Sin embargo, acotó, después de la lucha armada hubo de diseñarse un orden institucional que consolidó la Constitución de 1917, documento que pugnaba por una nueva centralidad en el mandato político. Por ello el ejercicio presidencial del México posrevolucionario tuvo como objetivo alcanzar esa característica clave en el ejercicio del poder.

Martínez Assad indicó que, en aparente contradicción con el sistema federalista, que en la ley dio autonomía a las entidades que lo forman, en México, el centralismo se reforzó y fue justamente el presidente Lázaro Cárdenas quien le dio la dimensión que desde entonces ha tenido.

Así convenía al estado, explicó, pero en la práctica, canceló la posibilidad de la formación de poderes en las regiones sustentadas por hombres políticamente fuertes. El Senado de la República se formó para dar representatividad a cada una de esas entidades federativas en el Congreso de la Unión, con una característica de representación geográfica, que los diputados no necesariamente tienen, porque, aunque son elegidos en un estado del país, pesa más su vinculación a un partido político.

De esta forma, en la legislación no existe formalmente enunciada, la dicotomía centro-región, la división se alude en la normatividad constitucional en tres categorías: la federación, los estados y los municipios. Esta trilogía funciona, sobre todo para definir las bases operativas de la administración.

Ya en el siglo XXI, afirmó Martínez Assad, la tensión entre centro-región apunta a resolverse de manera diferente por el nuevo protagonismo de los gobiernos de los estados, aun cuando la cultura prevaleciente sigue dando un enorme peso a las decisiones políticas que se toman en la capital del país.

Siendo México una república representativa, democrática, federal —esto en la ley—, los estados libres y soberanos han aceptado su pertenencia a una federación regida por los principios consagrados en la Constitución. Llegar a esta definición no fue tarea fácil, acotó Martínez Assad, cuando el siglo XIX estuvo marcado por las pugnas entre federalistas, identificados con el liberalismo y el progreso, y los centralistas, la mayoría de las veces, conservadores asociados con los privilegios.

“Ni los federalistas lo fueron tanto, ni los centralistas apoyaron de manera decidida a la república centralista. Quizá por ello, en ambos términos, ha sobrevivido una ambigüedad que dificulta las definiciones más precisas”.

Retomando al Porfiriato, destacó que el máximo anhelo de éste régimen era el de mantener en sus manos los hilos de lo que pasaba en todo el país. En parte lo consiguió, apoyado en sus jefes políticos y en los gobernadores que le guardaron toda su lealtad. Sin embargo, los separatismos reales, las intenciones frustradas de secesión y las rivalidades de los estados con la capital, fueron la consecuencia de agravios y resentimientos que se expresaron mostrando el escaso sentido de unidad.

“La Revolución Mexicana fue el producto de varias y profundas causas sociales y realidades políticas, una de ellas fue el poder que había logrado reunir Porfirio Díaz, después de hacerle frente a varios momentos de inestabilidad”, finalizó el historiador.